Cuando pensamos en cuidar a una persona mayor, muchas veces confundimos ayudar con sustituir.
Hacerle la comida, vestirla, recoger la casa, acompañarla al baño, hacer las compras o encargarnos de sus gestiones puede parecer, a primera vista, una buena manera de cuidarla. Y en determinadas situaciones, por supuesto, es necesario.
Pero existe una diferencia fundamental entre hacer algo porque la persona no puede hacerlo y hacerlo simplemente porque nosotros podemos hacerlo más rápido, más fácil o mejor.
Cuidar también significa preservar la autonomía.
La ayuda que protege la autonomía
Una persona mayor no deja de ser autónoma porque necesite apoyo. La autonomía no significa necesariamente poder hacerlo todo sin ayuda, sino poder seguir tomando decisiones, participando y haciendo aquello que todavía puede hacer.
Si una persona puede preparar su desayuno, aunque tarde veinte minutos en lugar de cinco, permitirle hacerlo puede ser mucho más beneficioso que preparárselo siempre.
Si puede elegir qué ropa ponerse, debemos dejar que elija.
Si puede colaborar en las tareas domésticas, aunque sea de una manera sencilla, debemos facilitar que participe.
Porque cada actividad que dejamos que la persona siga realizando es también una oportunidad para mantener capacidades, autoestima, iniciativa y sensación de control sobre su propia vida.
El exceso de ayuda también puede perjudicar
A veces, con la mejor de las intenciones, terminamos haciendo demasiado.
“Déjalo, que ya lo hago yo”.
“Así terminamos antes”.
“No te preocupes, yo me encargo”.
Son frases que nacen del cariño, pero que repetidas constantemente pueden transmitir un mensaje peligroso: “tú ya no puedes”.
Cuando sustituimos sistemáticamente a una persona en actividades que todavía puede realizar, podemos favorecer una mayor dependencia.
Por eso, cuidar bien no consiste únicamente en hacer más cosas por la persona. Consiste en observar qué puede hacer, qué necesita y qué podemos facilitar para que continúe haciéndolo.
Ayudar no es abandonar
Fomentar la autonomía tampoco significa dejar sola a una persona mayor.
Al contrario.
Significa acompañar, adaptar, supervisar cuando sea necesario y proporcionar los apoyos adecuados.
Quizás ya no pueda cocinar una comida completa, pero sí puede lavar las verduras.
Quizás no pueda hacer toda la compra, pero puede elaborar la lista.
Quizás necesite ayuda para ducharse, pero puede elegir cuándo hacerlo y preparar sus cosas.
Quizás necesite apoyo para desplazarse, pero puede decidir dónde quiere ir.
La dependencia no tiene por qué significar perder la capacidad de decidir.
El objetivo debería ser mantener capacidades, no demostrar que podemos hacerlo todo
En los servicios de ayuda a domicilio y en el cuidado de personas mayores, esta idea es especialmente importante.
El profesional no debería preguntarse únicamente:
“¿Qué tengo que hacer por esta persona?”
También debería preguntarse:
“¿Qué puede seguir haciendo esta persona por sí misma y qué puedo hacer yo para facilitarlo?”
Esta segunda pregunta cambia completamente la intervención.
Porque el objetivo no es conseguir que la persona dependa cada vez más del cuidador, sino proporcionar los apoyos necesarios para que pueda mantener el mayor nivel posible de autonomía y calidad de vida.
Cuidar es acompañar
Cuidar es estar cuando hace falta.
Es tender una mano cuando la persona la necesita, pero también retirarla cuando puede caminar sola.
Es tener paciencia.
Es adaptar las tareas.
Es respetar sus ritmos.
Es escuchar sus decisiones.
Es comprender que quizá haga las cosas de una manera diferente a la nuestra, pero que eso no significa que esté haciéndolas mal.
Y, sobre todo, es recordar que detrás de cada persona mayor hay una historia, unas preferencias, unas capacidades y una vida que merece seguir teniendo protagonismo.
Cuidar no es hacer las cosas por la persona.
Cuidar es ayudarla a seguir pudiendo hacerlas.
Porque la mejor ayuda no siempre es la que más hace.
Muchas veces, es la que consigue que la persona pueda seguir haciendo más cosas por sí misma durante más tiempo.

