Recibir ayuda no significa dejar de decidir.
Cuando una persona mayor empieza a necesitar apoyo para determinadas actividades de su vida diaria, es habitual que la familia quiera hacer todo lo posible por protegerla. Aparecen las buenas intenciones: “yo lo hago por ti”, “es mejor que no te preocupes”, “déjalo, que ya me encargo yo”.
Pero, poco a poco, podemos caer en un error importante: ayudar tanto a una persona que terminamos decidiendo por ella.
Y eso puede afectar directamente a su autonomía, a su autoestima y a su manera de sentirse protagonista de su propia vida.
Ayudar no es sustituir
Necesitar apoyo para vestirse, preparar la comida, realizar algunas tareas domésticas o acudir a una cita no significa que la persona haya perdido su capacidad para decidir.
Una cosa es necesitar ayuda para hacer algo y otra muy diferente es necesitar que alguien decida por nosotros.
Por ejemplo, una persona puede necesitar que alguien le prepare la comida, pero seguir teniendo perfectamente claro qué quiere comer.
Puede necesitar ayuda para desplazarse, pero decidir dónde quiere ir.
Puede necesitar apoyo para organizar su medicación, pero participar en las decisiones relacionadas con su salud.
La diferencia puede parecer pequeña, pero es fundamental.
¿Por qué es tan importante poder decidir?
Tomar decisiones forma parte de nuestra identidad.
Desde cosas aparentemente sencillas, como elegir qué ropa ponernos o a qué hora levantarnos, hasta cuestiones más importantes relacionadas con nuestra vivienda, nuestra economía, nuestras relaciones o nuestra atención.
Cuando dejamos de participar en las decisiones sobre nuestra propia vida, podemos empezar a sentir que nuestra opinión ya no importa.
Y esto puede generar frustración, tristeza, inseguridad o incluso una mayor sensación de dependencia.
Por eso, siempre que sea posible, debemos procurar que la persona mayor continúe tomando decisiones y participando activamente en todo aquello que le afecta.
“Lo hago por tu bien” también puede limitar
Muchas decisiones se toman desde el cariño.
Los hijos quieren evitar que sus padres tengan problemas. Los profesionales quieren proteger. Las personas cuidadoras quieren facilitar las cosas.
Pero el cariño no debería convertirse en sobreprotección.
Decidir constantemente por una persona puede transmitir, aunque no sea nuestra intención, un mensaje peligroso:
“Tú ya no puedes hacerlo.”
En cambio, ofrecer apoyo transmite otro muy diferente:
“Puedes seguir decidiendo; yo te ayudo en aquello que necesitas.”
Algunas preguntas que podemos hacernos
Cuando cuidamos o acompañamos a una persona mayor, puede ser útil preguntarnos:
- ¿Estoy ayudando o estoy haciendo las cosas por ella?
- ¿Le pregunto qué quiere antes de decidir?
- ¿Le doy tiempo suficiente para responder?
- ¿Respeto sus preferencias aunque sean diferentes de las mías?
- ¿Le permito asumir pequeños riesgos razonables?
- ¿Sigue teniendo espacios y actividades que dependen de sus propias decisiones?
Estas preguntas pueden ayudarnos a distinguir entre cuidar y controlar.
Pequeñas decisiones, grandes efectos
No siempre podemos garantizar que una persona mantenga el mismo nivel de autonomía que tenía años atrás.
Puede haber enfermedades, dificultades de movilidad, deterioro cognitivo u otras circunstancias que hagan necesario aumentar los apoyos.
Pero incluso en esas situaciones, debemos buscar aquello que la persona sí puede decidir.
Quizá ya no pueda hacer determinadas tareas sola, pero puede elegir cómo hacerlas.
Quizá necesite ayuda para salir de casa, pero puede decidir dónde quiere ir.
Quizá necesite que alguien gestione determinadas cuestiones, pero puede seguir expresando sus preferencias.
La autonomía no tiene por qué desaparecer porque aparezca la dependencia.
Cuidar también es respetar
Una buena atención no consiste únicamente en hacer las cosas correctamente.
También consiste en hacerlo con la persona y no simplemente para la persona.
Escuchar, preguntar, ofrecer alternativas y respetar las preferencias son formas sencillas de mantener viva su autonomía.
Porque recibir ayuda no debería significar perder el control sobre nuestra vida.
Ayudar a una persona mayor también significa permitirle seguir siendo protagonista de sus propias decisiones.

